José Manuel Gamboa, crítico flamenco: «En Nueva York hemos tenido el mayor local de ensayo para el flamenco»

Autor: Quico Pérez-Ventana || Fecha:   Conversaciones, Destacadas, Flamenco, Letras, Magazine, Sonidos

La de este inquieto flamencólogo madrileño de sangre sevillana es, en sus palabras, una historia tan flamenca, son son, para que tú la goces, son son, para contársela al viento. Un relato neoyorquino por bulerías. Se titula 'En er mundo', más un subtítulo larguísimo. Habrá quien se rasgue las vestiduras. Y como el profeta brilla más en tierra ajena, Gamboa se enfrenta a los maestros que no fueron alumnos.

El crítico flamenco José Manuel Gamboa, a compás. Foto: Paco Manzano

El crítico flamenco José Manuel Gamboa, a compás. Foto: Paco Manzano

¿Sabían ustedes que en Nueva York se grabó el primer zapateado concebido como solo instrumental de guitarra? Y el mayor archivo flamenco no estaría en Sevilla o Jerez, sino en Washington. Tócate un pie. La Gran Manzana ha sido un fabuloso escaparate para el flamenco, pero también el más grande local de ensayo. Lo asegura el crítico y escritor José Manuel Gamboa, autor de ¡En er mundo! De cómo Nueva York le mangó a París la idea moderna de flamenco: Flamenconautas. 1ª parte: Pioneros y conquistadoras (Athenaica Ediciones Universitarias, 2016). Holgado título para una lectura sorpresiva y a compás.   

José Manuel Gamboa (Madrid, 1959) es músico, productor, escritor y analista técnico musical de flamenco en la SGAE. Ha firmado, entre otros, los libros Camarón: Vida y obra (2002), Una historia del flamenco (2005), Flamenco de la A a la Z (2007) y Chano Lobato: Toda la sal de la bahía (2007). El maestro se da un paseo por las Siete Revueltas para contarnos las andanzas de aquellas figuras que sentaron plaza flamenca en NYC. 

 

– Un título osado, señor. Lo de En er mundo viene a ser como «internacional» en caló, ¿no?
– Es el título del más famoso pasodoble flamenco, que se escribió, precisamente para que lo interpretase el inventor del cante jondo al saxofón, el Negro Aquilino, un cubano que, cual su apelativo indica, era moreno subido. Entre otros muchos, gentes como él pusieron el flamenco En er mundo.

– Así que Nueva York le mangó –del verbo mangar– a París la idea moderna de flamenco. Explíquese, buen hombre. 
– El subtítulo, que me lo sugirió Pedro G. Romero en Moscú durante la espera para acceder a un museo, que todo hay que contarlo, es una adaptación tomada del de un libro esencial en la historia del arte, De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, obra de Serge Guilbaut. El paralelismo de lo que nosotros contamos con lo que recoge este ensayo es increíble. Me explico. El flamenco fue acogido de inmediato en París, cuando esta se podía considerar la capital cultural del mundo. Allí fueron a dar muchos de los mejores artistas que teníamos, ya desde el siglo XIX, cuando empezamos a llamar flamenco al género que nos convoca. En París se desarrolló mientras en España lo teníamos abandonado a su suerte. Protegido por las vanguardias históricas, desde París fue reclamado a demás lugares. De allí partieron, no desde España, no desde Andalucía, desde el París donde Antonia Mercé, La Argentina creará el primer ballet flamenco, convertido en centro de contratación flamenca, fueron yendo a Nueva York de la mano de los artistas y el mundo de la vanguardia, los más destacados intérpretes: La Cuenca, Carmencita y El Rojo el Alpargatero, Faíco, Antonio de Bilbao, Vicente Escudero, La Argentina, Antonio de Triana, Juan Martínez, La Argentinita, Pilar López, Carmen Amaya, Sabicas, Antonio y Rosario, etc. Aunque estos últimos huyeron de nuestra Guerra Civil, fueron acogidos por esa comunidad artística pendiente del gran arte. Y del mismo modo que Nueva York consiguió arrebatarle a París su cetro en el arte moderno, lo hizo respecto al flamenco. Además, durante nuestro conflicto bélico se forjó en la Gran Manzana el concepto actual del baile flamenco, que traerán de vuelta Pilar López, Antonio el Bailarín, amén de Carmen Amaya y demás figuras. Y en Nueva York tomó carta de naturaleza la guitarra flamenca de concierto, solo allí pudo conformarse gracias al público que la reclamaba, y desde allí se expandió por er mundo, gracias a Carlos Montoya, Vicente Gómez, Sabicas, Mario Escudero, Juan Serrano y hasta el macrovendedor Manitas de Plata.

«El flamenco se desarrolló en París mientras en España lo teníamos abandonado a su suerte. Protegido por las vanguardias históricas, desde París fue reclamado a los demás lugares» 

– ¿Qué tienen los habitantes de la Gran Manzana con el flamenco? Aparte de ver a Al Pacino arrancarse de aquella manera por bulerías en la peli Pactar con el diablo, me refiero.
– Pues que son personas humanas sin prejuicios, con los ojos y los oídos bien abiertos, dispuestas a enterarse de lo que hay que enterarse, para no perder el tren de la vanguardia. Pero no es con el flamenco, es con todo, siendo como es centro cultural de Occidente. Ya describió Guilbaut cómo se quedó con el pastel del arte de vanguardia, y se inventó el expresionismo abstracto. Lo de Al Pacino fue un juego tontorrón. En los años 50 y 60 fue cuando se vivió en toda América el boom de lo español, y cuando nuestros abuelos pudieron ganarse la vida de lujo flamenqueando, apoyados, entre otros, por el magnate del espectáculo Sol Hurok, que llegó a llevar a un joven Paco de Lucía en su cartera artística.

– ¿Realmente la aportación de NY al flamenco es tan representativa como para que se plantee la edición de cuatro volúmenes sobre ello? Quizá merezca eso y más solo por ser un escaparate tan glamouroso para las danzas españolas, ¿no?
– Solo la trascendencia que tuvieron el flamenco y España en la Feria Mundial de Nueva York, de 1964/65, que nos sirvió para lavarnos la cara ante el globo, daría para un volumen completo. Es que nada se ha estudiado de todo esto. Es más, existe una tesis doctoral que viene a plantear que el flamenco llegó a la City con los emigrantes hacia 1925. Nosotros vamos un siglo atrás y demostramos que la población trabajadora emigrante poco tiene que ver en esto. En Nueva York fue donde Andrés Segovia, que allí vivía, inventó las cuerdas que hoy todo el mundo utiliza en la guitarra. Allí se abrió el primer tablao, La Zambra, donde se presentaron a la prensa hasta los Premios Óscar. En Manhattan se inventó y dio a conocer el disco microsurco, siendo desde aquel 1948 crucial el material que nos lega –aunque no lo sepamos, gentes como Lola Flores y su rap, la niña flamenca Marisol, amén de los Sabicas y Escudero y tantos más, grababan para compañías neoyorquinas–. Y esto por no remontarnos a los cilindros o el kinetoscopio de Edison, que tantos documentos de extraordinario valor nos han legado. El estudio de la discografía flamenca exclusivamente neoyorquina es imprescindible. Y diría casi lo mismo sobre las primeras imágenes en movimiento, en las que está el flamenco recogido. En Nueva York se grabó el primer zapateado concebido como solo instrumental de guitarra. Y lo de escaparate, sí, es el mayor escaparate que hemos tenido, pero también el más grande local de ensayo. Y el mayor archivo lo tendríamos, no en Jerez, sino en Washington. Sí, hay mucho, pero mucho-mucho que estudiar y descubrir para disfrutar.

«Carmencita, la bailaora, formó tales alborotos en el primero de los Madison Square Garden que hubo de llegarse a contar víctimas por los tumultos. ¡Ni los Rolling Stones!»

– Cuéntenos lo más curioso o simbólico que ha hecho un flamenco en un escenario de NY.  
– Yo le daría la vuelta a su pregunta y, remontándome al siglo XIX, le diría que, por ejemplo, Carmencita, la bailaora, formó tales alborotos en el primero de los Madison Square Garden que existieron, muchísimo más grande que el actual y coronado por una torre a imitación de la Giralda de Sevilla, que hubo de llegarse a contar víctimas por los tumultos. ¡Ni los Rolling Stones! Pero estamos hablando de 1891. Y, pasado un año, cuando los tabloides nos metieron en guerra acusándonos de haber hundido el Maine para quitarnos Cuba, un periódico formal como el New York Times alertó de que una flamenca, Consuelo la Tortajada, se estaba quedando con el pastel del entertainment en el país. A nosotros nos quitaban las últimas colonias, y nosotros las cabeceras del mundo del espectáculo. Por cierto, que en la Guerra de Cuba aprendió a tañer flamenco el abuelo de Bud Powell, llamado Zachary, convirtiéndose en el más destacado guitarrista flamenco entre sus compatriotas de su tiempo. ¿Qué le parece? Bueno, luego, al igual que Dalí se cargó un escaparate de la 5ª Avenida para salir en la foto, la compañía de Manuela Vargas hizo lo propio en un teatro de la zona para llamar la atención de la prensa. En concreto se cargó con el coche una boca de riego sita ante el teatro, y cuando vinieron la policía y los medios, el grupo se dedicó a flamenquear ante las cámaras. Pagaron la multa… y llenaron a diario la sala. ¿Le vale?

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– Usted, que es madrileño, se declara devoto del arte jondo andaluz, que, en sus palabras, «es tan poderoso que, como los de Bilbao, nace donde le viene en gana». En su caso, ¿cómo quedó prendido en las redes flamencas?
– Pues mi familia es sevillana, yo me he recriado en Arahal, pero ya llegué allí flamenqueando, pues en Madrid vivía en Ventura de la Vega. Fíjese si será flamenca esa calle que fue allí –entonces se llamaba calle Baños– donde se anunció a la capital y se presentó al primer grupo de género “flamenco”. Hablo de mediado el siglo XIX. En esa calle y la aledaña Echegaray, amén de la plaza de Santa Ana, vivían y se congregaban todos los flamencos inimaginables: Manolo de Huelva, Pepe el de la Matrona, Manolo Caracol y familia, siempre en artística pugna con el clan del Príncipe Gitano, Niño Ricardo, Melchor de Marchena, Rafael Romero, Juan Varea, Luis Maravilla… Mario Maya, Rosa Durán, Carmen Mora, El Güito. Y Enrique Morente, Serranito, María Vargas, Perico el del Lunar, Carmen Linares, El Agujetas… Interminable lista, a la que hay que sumar los habitantes del barrio de La Concepción –que allí vivía mi tío–, en el mismo edificio que Terremoto de Jerez, y al lado Lebrijano, El Sordera con sus hijos y su sobrino José Mercé, Güito, Adela las Chaqueta, los Moaro, José María Velázquez, Antonio Hernández… Estaba, para entendernos, toda la profesión. A dos pasos de mi casa estaban Los Gabrieles y Villa Rosa, los colmaos más importantes de nuestra historia. Mi padre, que es pintor, siempre estaba cantando o escuchando cante mientras trabajaba, y eso a mí me enganchó ya en la cuna. Yo aprendí a poner el tocadiscos desde la cuna, y me ponía los discos de Antonio Mairena, La Paquera, La Repompa y la antología de Caracol, que eran mis favoritos. Y como en el edificio vivía Antonio Suárez, que era un bailaor, me llevaba de continuo a los estudios de Amor de Dios, los más importantes que han exisistido, que fueron fruto de cuando Antonio el Bailarín –por cierto, amigo de mis padres– montó su propio ballet.

«¿Que si se lee de flamenco? Ni mijita. He elegido mal la profesión. Hacemos discos, escribimos libros: ¿cuándo se cobra aquí?»

– En el mundo del flamenco siempre hay una postura contraria. Siempre. En este caso, ¿por dónde le van a venir los tiros?
– ¡Yo qué sé! Lo que sí sé es que siempre hay alguien dispuesto a negar la mayor, a buscar el roto para el descosido, el problema para la solución: España. A estas alturas, quiero decir, con los pies en la tierra tras tantos años en la dulce brecha, solo pretendo informar, no confrontar. Y el que quiera saber, que aprenda. Lo digo porque hoy abundan los maestros que no han sido ni siquiera alumnos, y, claro, es raro, ¿no? Me refiero a que las redes sociales, por su parte negativa, sacan a relucir las porteras que cada cual lleva dentro, y corren por ellas a diario los insultos y las calumnias. En cuanto a la crítica, ya sabemos de las filias y fobias que campan… Yo voy a mi aire.

– Su obra ¡En er mundo! inaugura la colección Flamenco y Cultura Popular de la editorial sevillana Athenaica, que se presenta en toda una Bienal. También está la biografía de Pepe el de la Matrona, de José Luis Ortiz Nuevo. Buena noticia. Lo de que las editoriales apuesten por el arte flamenco, digo. Pero ¿se lee de flamenco?
– Ni mijita. He elegido mal la profesión. Hacemos discos, escribimos libros: ¿cuándo se cobra aquí?

– El libro está dedicado «a las ciudades de la luz y los luminosos, y las víctimas de las atalayas» [en realidad, la atalaya fue la víctima, ¿verdad?]. ¿Cómo es su relación con Nueva York? ¿Es verdad eso que cantaba Mecano de que allí no hay marcha y no tiene buen color?
– A mí me encanta Nueva York, me seduce; hay de todo y para todos, y encima es fácil hacerte entender y manejarte. Ya me gustaría ir más veces, pero los jaleos de los aeropuertos me tiran para atrás. Allí hay sito “pa t’ol mundo”, como cantó, en vez de “aquí no queda sitio para nadie”, Enrique Morente versionando y corrigiendo a su amigo Sabina al interpretar “Pongamos de Madrid”. Mis padres vivieron años en Manhattan, donde mi madre fue fotógrafa de numerosos artistas latinos –desde Tito Puente a La Lupe. Claro, algún susto te puedes llevar, porque siempre hay que tener cuidadito. No se les ocurrió a ellos otra cosa que irse a ver “La cabaña del Tío Tom” en un cine de Harlem el día que mataron a Martin Luther King. Se enteraron del lío a la salida, ya de noche. Para tomar el Subway salvador hubieron de adentrarse en las oscuridades de Central Park, él cantando por bulerías y ella haciendo que bailaba, para evitar que las caritas peligrosas que con navajas jugaban entrasen en mayores. Les cayeron en gracia y una madre afro americana, temiendo por su integridad, les envió de vuelta a casa protegidos por sus dos hijos tamaño armario de tres cuerpos cada uno. Bendito Nueva York, allí sí hay color, aunque pálido te puedas quedar de vez en vez.

 

MÁS INFORMACIÓN

Editorial Athenaica

José Manuel Gamboa en Wikipedia

 

Autor: Quico Pérez-Ventana

Quico Pérez-Ventana tiene 11 artículos escritos.

Periodista andaluz de intereses etéreos y estrofas cabales. Docente universitario de redacción digital y netiqueta.